Capítulo 1, Lastheaven

Prefacio

No soy una damisela en apuros. Nunca me consideré como tal, a pesar de que apuros he sufrido muchos en mi vida, sobre todo últimamente.

Tampoco una heroína, soy demasiado humana para eso.

No creo en los príncipes azules, esos que acuden a socorrer a la dama virginal, boba y torpe a lomos de su inmaculado caballo blanco, y que unas veces se convierten en rana antes incluso de bajar del caballo y otras necesitan más ayuda que la propia damisela.

Por eso, cuando aquel ser me mordió, desgarrando mi piel con su dentellada brutal, supe que sólo contaba con una persona para intentar zafarme de su abrazo mortal: yo. Pero incluso las proféticas no-heroínas necesitan algo de ayuda en un determinado momento.







Capítulo 1

Lastheaven

La puerta del avión se abrió para mí, respiré hondo y sentí que un gran peso desaparecía. Era como si aquel paisaje lluvioso y gris me liberase de todo lo que arrastraba a mis espaldas; todo el dolor, toda la rabia quedaban atrás. Sonreí, ni yo misma había creído tener las suficientes agallas para marcharme a Gran Bretaña completamente sola; en realidad, cuando respondí a la oferta de trabajo lo hice presa de la ira que sentía en aquel momento, sin reflexionarlo demasiado. Pero allí estaba yo, con mi trolley roja cargada de ilusiones, en el aeropuerto de Stansted, Londres, de camino a mi nueva vida sin saber hasta qué punto era así.

Descendí la escalerilla y subí al autobús agusanado cuyas ventanillas se empañaron de vaho rápidamente. Hacía frío, dos horas antes había dejado a mis padres en mangas de camisa en el aeropuerto de Jerez y ahora agradecía haber traído conmigo el plumífero.

Mamá había llorado como una Magdalena, probablemente nunca pasó por su imaginación que llegaría el día en el que me apartase de su lado, ni siquiera por un tiempo. Pero no me iba a la guerra y en aquel momento necesitaba algo de libertad, nuevas ilusiones, nuevas expectativas, una vida nueva al fin y al cabo.

Papá, que aunque no comprendía mis motivos los respetaba, algo habitual en él, me había despedido con un tibio beso en la frente, tan pendiente como siempre de no exteriorizar sus verdaderos sentimientos. Y mi hermano menor, Jaime, trató de disuadirme de realizar aquel viaje. “Estás loca, ¿te vas a largar sólo por no ver la cara al desgraciado ese?”, me había dicho, sin poder evitar que sus palabras transluciesen el inevitable malestar por todo el dolor que había visto en mí. Pero yo sentía que hacía lo correcto; en mi interior, en cada célula de mi cuerpo, percibía que alejarme, dejar todo atrás, era lo más importante.

Cuando salí por las puertas de cristal del aeropuerto británico distinguí entre la multitud un folio con mi nombre impreso: “Miss Anna Rodríguez”; un caballero sexagenario lo asía entre sus manos regordetas.

Estaba bastante calvo y tenía los mofletes rojos como si acabase de beberse media Escocia. Decidida, caminé hasta él.

–Mister Robinson, I suppose1 –dudé con un ligero hormigueo en la boca del estómago.

–No, soy Mel Atkins, el chófer de los señores Robinson –dijo en su lengua nativa–. Bienvenida a Londres.

–Gracias –respondí en aquel idioma nuevo para mí. Aunque en realidad no lo era del todo, pues llevaba practicando inglés desde el colegio y ya entonces se me daba bastante bien; pero una cosa es decir the car is red2 y otra preguntar por una terminal en el aeropuerto o solicitar un cambio de asiento en el avión. Aun así me había sorprendido la facilidad con la que había logrado desenvolverme, que me entendieran y, lo que era mejor, que yo les entendiese a ellos perfectamente.

Mel subió mi maleta a un antiguo Rolls Royce negro y durante la hora de trayecto hasta la residencia de los señores Robinson no cruzó palabra conmigo, lo que me hizo dudar de si temía que no lo entendiese o simplemente era un hombre poco hablador. Conducía por la izquierda –como el resto de británicos– y era cuando menos curioso ver los coches pasar por mi derecha a toda velocidad. Sonreí por dentro, sintiéndome orgullosa de mí misma por seguir adelante con mi determinación de marcharme; nadie me creyó capaz, pero entonces ya estaba absolutamente convencida de que había tomado la decisión correcta.

Observaba el paisaje verde de la campiña inglesa; la inminente primavera comenzaba a obrar su magia sobre los campos que resplandecían como esmeraldas. Nos alejábamos de Londres en dirección al sureste por carreteras comarcales; las nubes volvían a cerrarse sobre nuestras cabezas y lloviznaba de nuevo moteando el parabrisas.

Accedimos a un camino forestal de ambarina tierra compactada entre la apretada arboleda y nos paramos en una especie de control de seguridad. Un guardia, refugiado dentro de una garita por temor a la lluvia, saludó a Mel con un gesto de la mano. Continuamos por el sendero ascendiendo hasta la cima de la colina, donde nos detuvimos frente a una enorme cancela negra de hierro que proporcionaba acceso al interior de la propiedad, que se encontraba circundada por un alto muro de piedra. El chófer apretó un pequeño mando a distancia que guardaba en la guantera y la verja se abrió para nosotros.

Estábamos en Lastheaven. Al fin. La colosal mansión de los señores Robinson me dejó perpleja, no daba crédito a lo que veían mis ojos. Era una antigua edificación del siglo xviii de dos plantas, rectangular, con fachada de piedra gris adornada con frisos del mismo material, con grandes ventanales blancos y gruesas columnas redondas en el porche de la entrada principal; un auténtico palacio.

El auto paró frente a una amplia escalera con forma de abanico invertido. Yo no podía dejar de contemplar el edificio, era incapaz de creer que aquel fuese a ser mi hogar durante los siguientes seis meses. Salí apresuradamente del coche, cogí mi maleta y subí veloz las escaleras huyendo de la llovizna, mientras Mel aparcaba en el garaje, que estaba en la parte trasera. Tomé aire, carraspeé y llamé a un timbre que sonó demasiado convencional para aquel majestuoso palacio.

La puerta se abrió y me topé de frente con la faz arrugada de una señora mayor, de alrededor de setenta años, con el rostro muy pálido y extremadamente serio, casi hostil. Sus diminutos ojos azules me observaban tras unas redondas gafas metálicas. Llevaba el pelo recogido en un moño cubierto por una pequeña cofia blanca.

–Buenos días –la saludé con mi mejor sonrisa. Ella se limitó a apartarse permitiéndome el paso.

–Anna, ¿verdad? –preguntó, observándome desde lo alto de sus anteojos plateados. Tenía el moño tan estirado que temí que las raíces de su cabello cano saltasen sobre mí en cualquier momento.

–Sí, Anna Rodríguez, la nueva institutriz.

–Está bien, señorita Rodrigues. –En realidad pronunciaba algo así como Routrigues; culpa mía: demasiadas erres en mi apellido. –Soy la señora Merlon, el ama de llaves –dijo con voz áspera y cortante. Aunque yo ya sospechaba algo, por su cofia blanca y el uniforme azul marino que vestía hasta las pantorrillas. –Acompáñeme, le mostraré su habitación.

Una faz arisca no iba a minar mi voluntad, había sentido buenas vibraciones al cruzar el umbral de la casa y estaba decidida a disfrutar al máximo mi experiencia en Lastheaven; lo necesitaba, lo merecía.

El ama de llaves giró en mitad de aquel inmenso hall de doble altura –en cuyo techo me deslumbró, por lo llamativa, una gigantesca lámpara de araña de brillantes cristales ambarinos– y apareció frente a mí una amplísima escalera de mármol bifurcada hacia las estancias superiores de la propiedad, con un bonito pasamanos de hierro labrado.

De las paredes empapeladas en tonos ocres colgaban varias pinturas al óleo, soleados paisajes campestres de bullicioso colorido, similares a los frondosos bosques y prados que había distinguido en mi camino hasta allí.

Seguí a la señora Merlon por una puerta lateral, bajo el ala derecha de la escalera, hacia un laberinto de pasillos que observé con ojos estupefactos: contenían frisos de madera grabada a mano, estatuas de blanco mármol, argénteas lámparas de metal y vidrio soplado; los suelos eran de parqué y el mobiliario barroco, antiquísimo; había pinturas, grabados, gruesos candelabros de plata... Todo me resultaba portentoso, espectacular. Si el exterior de la mansión me había impresionado, el interior, sin duda, no desmerecía lo más mínimo.

Accedimos a un corredor cuya decoración era mucho más austera, con paredes lisas, aunque pulcramente encaladas, y suelo de terrazo. Obviamente nos dirigíamos a las dependencias del servicio.

Llegamos hasta la que sería mi habitación, en el ala este de la mansión, junto a las del resto de empleados. Era un pequeño cuarto en el que se apretaban una cama, un armario empotrado, un escritorio, una mesita de noche y un espejo de pie; al menos tenía mi propio aseo con ducha, ¿qué más podía pedir?

El ama de llaves entró en el dormitorio tras de mí y cerró la puerta.

–Señorita Rodrigues, Lastheaven es una residencia muy especial, como le habrán explicado en la agencia. –Hice un gesto afirmativo sin demasiada convicción, pues había hablado en dos ocasiones con la empresa de trabajo en el exterior, una tras llevar el currículum y otra cuando firmé el contrato, y en ninguna me habían mencionado nada especial–. Somos muy estrictos con las normas, cuyo cumplimiento es fundamental para su permanencia en esta casa. Sé que maneja correctamente mi idioma, pero si no entiende algo de lo que le expongo le ruego que me lo indique para explicarlo con mayor claridad –decía con pulcritud exagerada, sin obviar una i o una s, como un profesor de fonética o un logopeda en plena clase. Asentí–. Lo primero y lo más importante que ha de saber es que los señores Robinson tienen una enfermedad llamada fotodermatosis o intolerancia al sol. Los pequeños Louise y Martin también padecen dicha enfermedad, por lo que nunca, bajo ningún concepto, debe alcanzarles la luz solar, ¿entendido?

–Sí –respondí, controlando mi mueca de sorpresa. ¿Iba en serio?, ¿alérgicos al sol? ¿Era eso posible? Al parecer sí.

–Por lo tanto, usted deberá darles clases en horario nocturno, como también le habrán advertido en la agencia. Normalmente, aquí a las siete ya es de noche; de modo que las clases comenzarán a las ocho y durarán hasta las doce, después tendrá dos horas de descanso mientras la señora Robinson imparte más lecciones a los pequeños; posteriormente, si sus servicios son requeridos, los acompañará durante otras dos horas, según las indicaciones de los señores.

–En realidad no me lo habían advertido –me atreví a revelar, provocando una enorme expresión de asombro en el rostro de mi seria interlocutora–. Pero no tengo ningún inconveniente en trabajar de noche.

–¿No la habían informado? ¡Ineptos! –exclamó molesta, arrugando el entrecejo en un mohín de disgusto.

–No, pero ya le digo que no tengo problema con eso –me apresuré a apuntar.

–Realmente no me extraña; tampoco esperaba que fuese usted tan joven.

–Tengo veinticuatro años, no soy tan joven.

El ama de llaves me observó con recelo por mi réplica, pero prosiguió.

–Durante la noche el único personal de servicio somos usted y yo. La doncella realiza su trabajo durante el día, así como Charlotte, la cocinera. Mel sólo es requerido por el señor en contadas ocasiones, para llevarlo al hospital y recogerlo por la mañana; normalmente conduce él mismo. Está completamente prohibido salir al exterior de la propiedad durante la noche, excepto al jardín con los pequeños, si ellos lo requieren y los señores dan permiso. –Continuaba con sus indicaciones sin emoción, sin que el tono de su voz se mudase un ápice, como si estuviese recitándome una cantinela cien veces repetida.

–¿El señor está enfermo? –pregunté, y su frente se arrugó en un gesto de incomprensión–. Como tiene que ir cada noche al hospital...

–El señor Robinson es doctor. ¿Eso tampoco lo sabe? Es un prestigioso catedrático de hematología y cirugía vascular del hospital Saint Mary; trabaja en horario nocturno y por eso va cada noche al hospital –explicó con desgana, entornando los minúsculos ojos azules tras los anteojos–. En fin, su trabajo consiste en dar lecciones a los pequeños de lunes a viernes, las noches del sábado y el domingo las tendrá libres, a no ser que también sean requeridos sus servicios. Impartirá las clases en una pequeña sala acondicionada para ello. Diríjase a los pequeños como señorita Louis y señorito Martin, sin confianzas, y no los toque, su piel es extremadamente delicada. Entre las normas de esta casa, el respeto es la más importante...

Y bla-bla-bla. En lugar de en una residencia particular como profesora interna parecía como si hubiese aterrizado en un campamento militar: vestir uniforme, nada de confianzas, hablarles de usted a los pequeños, no tocarlos, prohibido el sol...

Mientras el ama de llaves se repetía en sus indicaciones como un loro, no pude evitar reconocer la imagen reflejada en el amplio espejo de pie, a su espalda. Era mi imagen. El largo flequillo lacio ocultaba parcialmente uno de mis ojos, y cuando lo retiré, acomodándolo tras la oreja, mi iris verde claro brillo con intensidad. Observé con detenimiento mi fisonomía, mi nariz recta, mis labios finos y delineados. El cabello castaño avellana, algo revuelto por el viaje, casi alcanzaba la mitad de mi menudo brazo, haciéndome tomar conciencia entonces de cuánto había crecido durante los últimos meses. Nada o poco quedaba ya en aquel rostro de piel clara de las violáceas ojeras, de los párpados hinchados que lo habían maltratado durante demasiado tiempo; parecían entonces haberse esfumado. La que se reflejaba en aquel espejo era yo, mi anterior yo, como si todo el dolor y el malestar que me habían conducido hasta allí fuesen simplemente producto de un mal sueño del que acabase de despertar.

–Puede dar una vuelta por la casa si lo desea, para ir conociéndola –proclamó el ama de llaves devolviéndome a la realidad, a la realidad de sus minúsculos ojos azules circundados por multitud de pequeñas arrugas–. Los señores descansan durante el día en las dependencias de la planta superior del palacio, donde está terminantemente prohibido acceder, ¿me escucha? –Se aseguró, y yo asentí–. Completamente prohibido. Permanecen cerradas con llave, pues bajo ningún concepto se les debe molestar durante el día, su descanso es sagrado. Si tiene algún problema o necesita algo, diríjase a mí en su lugar –especificó.

Mientras oía el aburrido monólogo interminable de pie, frente a ella, no pude evitar imaginar lo difícil que debía de resultar la vida alejada de la luz solar a toda una familia, cada día, y más aún a unos niños que nunca podían disfrutar de un baño de sol en el jardín o ir a jugar con otros pequeños a un parque. Sentí lástima por ellos y curiosidad al mismo tiempo, por su aspecto, por su personalidad, ¿serían sociables o retraídos? Cuando la señora Rottenmeyer abandonó mi nueva habitación al fin aproveché para telefonear a casa e informar a mis padres de que había llegado sana y salva.

Marqué los números en el móvil y mamá descolgó el auricular antes de que terminase de sonar el primer tono.

–Hola, estabas pegada al teléfono, ¿verdad? –pregunté sin poder contener la risa.

–¿Cómo quieres que esté? Mi niña se ha ido al fin del mundo, sola –exclamaba mi madre, Adela, con voz apesadumbrada y molesta a partes iguales. Sin duda aún no lo había digerido.

–Mamá, ya estoy aquí, he llegado bien y este sitio es genial, deberías verlo. Y el ama de llaves es una señora encantadora que me va a ayudar mucho –mentí como una descosida, porque lo importante era tranquilizar a mi madre y eso es lo que intentaba.

–Sigo pensando que estás loca, ¿lo sabes, no? –apuntó con mucha más calma.

–Pues claro, me lo llevas diciendo desde la guardería –dije, y oí una ligera risa al otro lado del aparato, lo cual resultó alentador para mí, pues me disgustaba que mi madre sufriese por mi ausencia–. Anda, gordita, no te preocupes. Esto es lo que quiero. Y además sabes que si me va mal estoy ahí en dos horas mal contadas.

–Eso es lo único que me tranquiliza.

–Adiós, mamá, manda besos para todos. Os quiero mucho –concluí, porque si no lo hacía, ella jamás se despediría.

–Muy bien, tesoro –admitió conformada–. Te quiero mucho, cuídate.

Tras saldar mis obligaciones como hija decidí dar un paseo para investigar un poco. Ni siquiera sabía el nivel de los pequeños, ni su edad, ¿quinto, sexto curso? Podría haberlo preguntado a Merlon, pero prefería mantener la incógnita a arriesgarme a uno de sus discursos inacabables. En fin, me restaban tan sólo unas horas para salir de dudas, pronto los tendría ante mí.

Al abandonar el dormitorio tropecé con una muchacha morena vestida con el uniforme azul marino de doncella que se dirigía a la habitación contigua cargando en sus brazos con unas sábanas dobladas.

–Lo siento –exclamó la joven de tez sonrosada y rostro plagado de minúsculas pecas.

–No, perdona, ha sido culpa mía. Soy Anna, la nueva institutriz. Le ofrecí mi mano, que estrechó amigablemente, apretando la ropa de cama contra su cuerpo.

–Ah, encantada, soy Sophie. –Sonrió con sus enormes ojos castaños. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo que la hacía parecer mayor, pero era bastante guapa–. Espero que la vieja bruja no te haya asustado con sus reglas, reglas, reglas.

–¿Merlon? No soy fácil de asustar –advertí divertida.

–Me alegro, porque ya necesitaba alguien de mi edad con quien poder hablar, ya verás que bien vas a estar aquí –dijo mientras abría la puerta de la habitación contigua–. Los señores son un poco raros por lo de su enfermedad y bastante estirados, pero parecen buenas personas.

–¿Y los niños?

–A los niños apenas los he visto, cambian de institutriz cada seis meses; ya ha habido cuatro desde que estoy aquí, y siempre es igual, seis meses y luego cambian. ¿De dónde eres, Anna? –preguntó curiosa.

–Soy española, de Cádiz.

–Yo soy de Rolvenden, un pueblecito cerca de aquí. Bueno, tengo que dejar esto en la habitación de la señora Merlon y regresar al trabajo o comenzará a buscarme. Encantada Anna, ya verás qué bien nos llevaremos.

La doncella se metió en la habitación. Me sentí reconfortada; después de la conversación con la señora Merlon conocer a Sophie había resultado cuando menos esperanzador. Entonces sabía que al menos podría hablar con alguien, me refiero con una persona nacida con posterioridad al Jurásico.

Caminé por el estrecho pasillo de austeras paredes encaladas hasta alcanzar la puerta que conectaba con las estancias de la vivienda principal. Recorrí el camino aprendido a la inversa hasta llegar al hall de la casa, abrí la puerta de entrada y pude contemplar que las nubes que me habían acompañado desde Stansted habían desaparecido. El sol del atardecer regaba el inmenso jardín anterior y relucía como una alfombra sembrada de rosas; había miles de flores coloreándolo.

A escasos metros frente a mí, distinguí a un muchacho rubio que podaba uno de los setos. Vestía un mono verde, botas de agua y una boina de tela a cuadros que me resultó divertida; ningún veinteañero gaditano se atrevería a usar aquella gorra de abuelo.

Inspiré profundamente y decidida a presentarme caminé hasta él.

–Buenas tardes –saludé en mi inglés aún vacilante. El chico, que no me había oído llegar, dio un respingo sobresaltado.

–Buenas, qué susto me has dado –dijo recuperando el aliento y llevándose una mano al corazón.

–Lo siento. Soy Anna, la nueva institutriz –advertí detenida a su lado, con los zapatos a salvo del fango sobre la gravilla.

–¿Dónde te has dejado el moño y las arrugas? –preguntó deteniendo su quehacer, muy serio, desconcertándome.

–¿Qué?

El joven se echó a reír divertido y alargó su brazo hacia mí, ofreciéndome su mano que estreché con fuerza.

–Soy Ian, el jardinero, y quiero decir que eres muy joven en comparación con las anteriores institutrices de los mocosos, que eran unas momias –aclaró estirando los labios en una sonrisa. Tenía una dentadura

perfecta, sí señor.

–No eres el primero que me lo dice –apunté apartándome y dispuesta a marcharme para no molestarlo. El joven recogió las enormes tijeras y tras colgárselas del hombro se apartó del arbusto.

–Se acabó por hoy, que ya son las cinco –indicó buscando con sus ojos el sol, como si pretendiese confirmar con él la hora, y secándose con el antebrazo la frente perlada de sudor–. ¿Te apetece tomar un té?

–En realidad soy más de café.

–Bueno, estoy convencido de que a la señora Charlotte no le importará preparar café para ti –aseguró caminando en dirección a la casa, cuya fachada era bañada por los últimos rayos del día que se extinguía. Observé entonces que en la planta superior, la que según me había indicado el ama de llaves ocupaba la familia Robinson, todas y cada una de las ventanas permanecían cerradas, con opacas contraventanas, a cal y canto. Algo lógico, pensé, si el sol resultaba tan extremadamente perjudicial para sus propietarios. Alérgicos al sol; no podía parar de darle vueltas a aquello...

Ian, en lugar de acceder por la entrada principal, rodeó el edificio. Lo seguí, descubriendo el magnífico jardín trasero. Tenía una extensión superior a dos campos de fútbol, sembrado de flores entre senderos de losetas de barro cocido y adornado por multitud de arbustos modelados con las más diversas formas: perro, ciervo, pájaro, pelotas..., y con un rellano central de grava en el que había una fuente de mármol con bancos de piedra a su alrededor. En la parte posterior se extendía una planicie de lustroso césped en la que incluso había una pequeña laguna de sosegadas aguas que reflejaban, como un lienzo frente al espejo, las nubes que marchaban empujadas por el viento más allá de las montañas, teñidas de rojo por los rayos del sol del atardecer.

–Vaya, es realmente precioso –exclamé emocionada ante la contemplación de semejante belleza, sintiéndome inmersa en mitad de un cuadro de Monet.

–Gracias, mi trabajo me cuesta mantenerlo así –afirmó Ian halagado, mientras ascendía por la estrecha escalera de servicio que daba directamente a la cocina desde la parte trasera de la mansión.

La cocina era una habitación muy amplia que aún conservaba su horno original y un fogón de leña, junto a los cuales había un novísimo microondas y un horno industrial, así como una nevera americana. La señora Charlotte era una anciana regordeta, con la cara sonrosada y el cabello cano recogido en un rodete; vestía también el uniforme de la casa y me saludó amablemente al entrar. Ian nos presentó y tomó asiento en una larga mesa de madera maciza. La cocinera le sirvió una taza de té hirviendo que también me ofreció a mí.

–Anna toma café –le advirtió Ian mientras soplaba ligeramente el vapor de su infusión.

–Pero no se moleste –rogué.

–No, está bien, tengo café. Aunque sólo lo toma el señor Smith, un amigo del señor Robinson, cuando viene de visita. Y es una lástima que se estropee, así que ahora mismo te lo preparo –dijo amablemente, poniéndose manos a la obra–. ¿De dónde eres, Anna? No eres inglesa, ¿verdad?

–No, soy española.

–Se nota a la legua que no es inglesa, Charlotte, su acento la delata –interrumpió el jardinero–. Aunque hablas muy bien mi idioma –señaló dirigiéndose a mí, antes de dar un nuevo sorbo a su taza.

–Gracias, me alegra comprobar que tanto estudiar ha servido para algo –revelé complacida, sin disimular lo feliz que me hacía que fuese así.

Minutos después la cocinera vertió el ardiente café sobre mi taza y su aroma ascendió por mi nariz como una bendición para los sentidos. Adoro el café, el café solo y sin azúcar; el sabor amargo de un buen café es un auténtico placer para mí. Mi padre me enseñó a apreciarlo desde la adolescencia y ahora lo disfrutaba tanto como él. Papá, qué lejos estaba, pensé al recordarle en aquel preciso momento.

Ian y Charlotte esperaban a Sophie para que el chófer los llevase a casa. Acababan su jornada a las cinco y media y los cuatro vivían en el cercano pueblo de Rolvenden, así que tal y como el ama de llaves me había informado durante la noche tan sólo ella y una servidora permanecíamos en el edificio. Junto a los señores, claro. Ah, y un guardia de seguridad, Isaac, que llegaba al anochecer.

Me despedí de ellos hasta el día siguiente, apurando el último sorbo de café, y me marché a mi habitación, donde decidí invertir mi tiempo en deshacer la maleta. Coloqué la ropa en el viejo armario empotrado, temiendo que la usaría poco, pues debía vestir un sobrio uniforme: blusa blanca y pantalón negro de pinzas –por fin algo que sí me habían advertido en la agencia–. Al menos no era el largo traje azul marino de las doncellas. Recogí mi cabello en una coleta baja –ni muerta me haría un rodete– y me dispuse a buscar a la señora Merlon para que me condujese a la sala de estudio.

La encontré a punto de llamar a mi puerta, con la mano en el aire, y aunque me sobresaltó la recibí con una sonrisa que quedó perdida en el arisco rostro de ella. Acompáñeme, pidió, y la seguí por el corredor hasta alcanzar la estancia principal del palacete, un amplio salón de paredes decoradas con frisos blancos de remates dorados y techo alto adornado del mismo modo, con una chimenea de mármol que ardía en el extremo de la habitación reflejando sus llamas en una gran lámpara de bronce con tulipas de cristal.

–Tome asiento. –Me ofreció una de las sillas que acompañaban la mesa principal–. Cuando lleguen los señores debe levantase para saludarlos –indicó, como si yo no tuviese modales; yo, que me había criado frente a un colegio de pago.

Minutos después de que la señora Merlon acudiese en mi busca, el doctor Robinson y su esposa entraron en la sala. Él era un caballero alto, corpulento, con ojos negros y el cabello castaño repeinado hacia un lado, terriblemente pálido, de una insospechada juventud: no aparentaba más de treinta y cinco años. La señora Robinson caminaba lentamente tras su esposo. Era una mujer delgada en extremo y su piel casi transparentaba los huesos; mostraba un aspecto frágil, su cabello era rubio y caía ondulado sobre los hombros. Tenía unos brillantes labios pintados con carmín rojo. Vestía un traje plateado largo hasta el tobillo y aparentaba ser aún más joven que su esposo. Ambos se acercaron a mí y me incorporé de inmediato para recibirlos.

–Buenas noches, señorita Rodrigues –me saludó el doctor y a continuación estrechó mi mano con fuerza. Su mano estaba fría, helada como el mismísimo Polo Norte; por suerte pude controlar el respingo que me produjo el gélido contacto. La señora tan sólo hizo un leve gesto con la cabeza como saludo.

–Buenas noches. Llámenme Anna –pedí, frotándome sutilmente las manos, tratando de recuperar la temperatura habitual de éstas.

–De acuerdo, Anna; siéntese, por favor –rogó el señor, tomando asiento ambos en un amplio sofá próximo a mi silla. Su currículum me impresionó bastante, y ahora que la tengo ante mis ojos me pregunto si habré acertado al contratarla, es usted tan joven...

–Espero que no por tener menos edad, o por aparentarla, sea mejor o peor profesora; eso lo demostraré por méritos propios, no tiene por qué preocuparse al respecto –indiqué, concentrada en mirarle fijamente a los ojos, pues había leído meses atrás en un reportaje que evitar los ojos del interlocutor indicaba que se mentía, y yo decía la verdad.

–Nuestros hijos, en realidad nosotros mismos, somos muy particulares.

–Estoy al corriente, y como ha podido leer en mi currículum he trabajado durante un año como maestra en el hospital Puerta del Mar, de Cádiz, así que tengo experiencia en la enseñanza a niños con necesidades especiales –si había que sacar la artillería pesada estaba dispuesta, no había viajado hasta allí para nada.

–No imagina cuán especiales son nuestros hijos. Ojalá no me arrepienta de mi decisión –deseó arqueando una de sus delineadas cejas castañas–. Verá, su labor de enseñanza para con ellos no será la habitual, no deseamos que imparta clases de historia, lengua o cualquier otra materia; mi esposa Marie se encarga de ello, como hicieron las institutrices anteriores. Lo que deseamos de usted es algo distinto, deseamos que les dé clases sobre la actualidad.

–¿Disculpe? –¿De actualidad?; ¿qué era yo, un periódico?

–Sí, verá, deseo que les prepare para el mundo real. Martin y Louise, por su enfermedad, no tienen posibilidad de aprender al mismo ritmo que lo hacen otros chicos, y lo que pretendemos es que usted los prepare para la vida fuera de estas paredes. Por eso elegimos a una profesora joven y con conocimientos de informática e Internet; ellos no manejan el ordenador, no han subido nunca a un avión, no saben tomar el metro... –explicaba sentado muy recto, casi en el filo del asiento, con la elegancia de un artista de cine, como si no necesitase el apoyo del respaldo del sofá para sentirse cómodo y manteniendo el contacto con mis ojos en todo momento–. Por mi trabajo, yo no dispongo del tiempo necesario para enseñarles y Marie realmente lo desconoce tanto como ellos. Quiero que aprendan a desenvolverse por sí mismos y que estén al día en las últimas tecnologías. Ello es para nosotros tan importante como que sepan latín o matemáticas.

–Entiendo –contesté.

–Bien, pues entonces voy a presentarle a sus nuevos alumnos. Marie, por favor –pidió a su esposa. La señora Robinson abandonó entonces la habitación. El doctor se incorporó caballerosamente y yo hice lo mismo. La señora Robinson regresó pocos segundos después acompañada de los dos chicos, que se detuvieron ante mí.

Louise era la imagen de un auténtico ángel, una niña rubia con el cabello largo en tirabuzones y bucles. Su níveo rostro de muñeca de porcelana contrastaba con unos ojos profundamente azules rodeados de pestañas doradas. Vestía un uniforme escolar de cuadros escoceses verdes y rojos. En cambio, Martin ya no era ningún niño, era un adolescente alto y espigado, moreno, con el cabello lacio algo largo. Su piel era tan clara como la de su hermana, pero el color de sus ojos era de un profundo color café. Al contrario de lo que me había llevado a imaginar la advertencia del ama de llaves, sus pieles parecían saludables y su aspecto era tranquilizadoramente normal, siempre, eso sí, que obviara el hecho de que eran tan pálidas como la más pura nieve, algo por otra parte lógico, si no les había alcanzado ni un solo rayo de sol en sus cortas vidas.

Louise me observaba con ojos curiosos y Martin, muy metido en su papel de adolescente, pasaba de mí.

–Chicos, saludad a la nueva profesora –ordenó su progenitor.

–Buenas noches, señorita Rodrigues –dijo amablemente Louise, con voz de duendecilla de cuento.

–¡Hey! –espetó Martin como un disparo.

–Martin Robinson, muestra más respeto... –le exigió irritado el doctor.

–Está bien –indiqué. No deseaba que mi primera clase se iniciase tras una reprimenda paterna, no era un buen comienzo–. Bueno, ¿empezamos?

–Muy bien, pasad a la sala de estudio –rogó el señor Robinson, abriendo una de las puertas laterales del salón.

Los alumnos entraron primero y yo los seguí. La habitación no era demasiado grande pero estaba bien acondicionada para las clases; poseía una amplia pizarra, pupitres para la profesora y los alumnos, e incluso un videoproyector. Por otra parte, carecía de ventanas y todas las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros.

–Bueno, les dejo solos para que puedan comenzar. Como ya sabrá –me indicó el doctor–, dentro de cuatro horas mi esposa la reemplazará. Le agradecería que me redactase una lista con todo el material que considere necesario y me la entregue lo antes posible para proporcionárselo –me pidió, aún asido al pomo de la puerta.

–De acuerdo.

–Hasta luego entonces –se despidió cerrando tras de sí.

Quedé a solas con mis nuevos alumnos. Louise se acomodó en su pequeño pupitre y Martin se sentó sobre él, observándome desafiante con sus hermosos ojos color café. También yo tomé asiento sobre mi mesa frente a ellos.

–Bueno, lo primero es que nos conozcamos un poco, ¿verdad? –dije, tratando de romper el hielo–. Me llamo Anna, tengo veinticuatro años y soy de Cádiz, España. Lo que más me gusta en el mundo es bailar y lo que menos, el ajo. Ahora tú, Louise.

–Yo también odio el ajo –aseguró la pequeña con voz cantarina–. Tengo ocho años y lo que más me gusta es jugar al ajedrez y practicar las conjugaciones verbales de francés con mamá –reveló con una sonrisa, como quien dice jugar en el parque con mi muñeca, dejándome atónita.

–Bien, eso está muy bien –reaccioné, o lo intenté al menos–. ¿Y tú, Martin?

–Qué importa –respondió arisco, observándome fijamente con un atisbo de recelo en el fondo de sus ojos oscuros.

–Sí importa –rebatí con calma, a pesar de lo desafiante de su actitud–.Me interesa saber cosas de vosotros, necesito conoceros a ambos para poder enseñaros.

–No me interesa nada lo que tenga que enseñarme una... –temí que fuese a insultarme– mujer.

–Ah, es que eres machista, ¿es eso? Bueno, podemos tratarlo, es una enfermedad común por desgracia –respondí serena, manteniendo su retadora mirada.

–Martin, por favor, ella me gusta –pidió Louise con voz triste.

–Si pudieses elegir, ¿qué estarías haciendo ahora, Martin?

–Estaría recibiendo clases de Isaac –contestó sin dudar un segundo.

–¿Isaac, el guardia de seguridad? –pregunté a Louise.

–Es su profesor de lucha, es lo único que quiere hacer todo el tiempo, no le interesa nada más –explicó la pequeña haciendo un mohín de reprobación mientras apretaba sus finos labios de ángel.

–Todo lo demás son bobadas –aseveró Martin–. No necesito saber nada que tengas que enseñarme –concluyó de nuevo desafiante, sentado en su pupitre e inmóvil como una estatua.

–Pues, en vista de las circunstancias, te propongo algo; si eres capaz de vencerme en un pulso permitiré que pases las cuatro horas ahí sentado haciendo lo que te apetezca, ignorándome si así lo deseas. Pero si gano yo, me contestarás de buen humor y con una sonrisa a todo lo que te pregunte –le ofrecí, incorporándome dispuesta a ello.

Mi alumno no daba crédito a lo que estaba proponiéndole, no me creía, así que me senté en mi silla y remangué mi camisa blanca hasta el codo, colocando el brazo derecho sobre la mesa. El chico, dubitativo, caminó hasta mí, con la incredulidad reflejada en el rostro. Louise, que nos observaba divertida, se acercó para hacer las veces de juez. Aquello podía parecer surrealista, de hecho, realmente lo era, pero era lo que pretendía, descolocarle de su actitud rebelde, y lo estaba consiguiendo.

–Te advierto que soy muy fuerte –dijo, y cogió mi mano con la suya, tan fría, gélida, como la de su padre; un rasgo de su enfermedad, supuse.

–También yo; nunca nadie me ha ganado un pulso, ni mi hermano, ni mi padre... –Y era cierto, tenía mucha fuerza en los brazos, lo cual me había traído algún problema en el colegio, como cuando tenía cinco años y por no saber controlar mi fuerza le arranqué un mechón de pelo a mi prima al tratar de cogerle una coleta; le hice un repelón sobre la oreja que le duró meses. Fue todo un drama familiar–. Louise, tú das la salida.

–Ya –exclamó la pequeña inmediatamente.

Martin apretó su mano contra la mía. Era fuerte, tremendamente fuerte, en realidad nunca antes alguien había logrado ponerme en apuros, pero el muchacho lo estaba consiguiendo, hacía oscilar mi mano hacia su lado. Empujé con fuerza, y aunque me parecía increíble notaba que podía vencerme, en realidad estaba a punto de hacerlo. Mantenía mi pulso firmemente, con su rostro muy cerca frente a mí, concentrado en nuestras manos. Supe que iba a ganarme –no daba crédito– y no podía permitirlo. Debía hacer algo, pensar rápido, o pasaría los siguientes seis meses con un alumno rebelado (si es que no me despedían ipso facto por ser incapaz de impartirles clase). De pronto le di un beso en la nariz, y ello le sorprendió de tal forma que su mano cedió bajo la mía y pude vencerle.

–Gané –proclamé. Y Martin, que aún permanecía desconcertado por mi actitud, se frotó suavemente la nariz.

–Eso es trampa –dijo finalmente, frunciendo la frente, pero sin poder evitar que una ligera sonrisa aflorara en sus labios.

–No lo es, nadie dijo que no podía darte un beso en la nariz, ¿lo hicimos? No, ¿verdad? Ahora vamos a comenzar la clase.

Después de aquella peripecia la actitud de Martin se transformó paulatinamente; poco a poco se mostró más comunicativo, educado al menos. Al parecer cumpliría su parte del trato.

Les dicté unas preguntas de cultura general y les dejé el tiempo suficiente para que realizasen el examen. Necesitaba saber de qué base partía con ambos. Mientras lo hacían me dediqué a escribir la relación de material que el señor Robinson me había solicitado. La lista fue larga; necesitaban un ordenador, preferentemente portátil, varios libros, un mapamundi actual, un mp4, una televisión para la clase... A las doce, con puntualidad inglesa, la señora Robinson llamó suavemente a la puerta para relevarme.

–No es necesario que permanezca despierta, es suficiente por hoy –me indicó Marie Robinson. Me despedí entonces de mis alumnos y salí de la habitación.

Valoré positivamente aquella primera clase, a pesar de que había desobedecido todas las órdenes impartidas por la señora Merlon: no tutear, no tocar... Y desconocía si ello traería consecuencias. En cualquier caso, había actuado según mi instinto y el resultado había sido óptimo, al menos para mí. Martin incluso había aceptado practicar con mi mp3 como tarea para el día siguiente, a regañadientes, pero lo había aceptado. Era sorprendente cómo lo manejaba con una simple explicación, cuando a mí me había costado meses entender su funcionamiento.

El doctor se encontraba en el salón acompañado de otro caballero con el que conversaba animadamente junto a la chimenea. Era un tipo alto, de aproximadamente treinta años, con el cabello rubio ligeramente ondulado sobre los hombros. Sus ojos, de un azul intenso, me observaron al salir del aula.

–Lamento interrumpir –dije, dispuesta a cruzar por su lado.

–No, acérquesee –pidió el señor Robinson, y le obedecí, deteniéndome frente a ambos–. William, ella es la señorita Anna Rodrigues, la nueva profesora de mis hijos. Anna, éste es Sir William Smith, un amigo de la familia al que verás a menudo por aquí.

El caballero extendió su mano hacia mí, y la estreché con suavidad. Era fría como el hielo, y comencé a dudar si es que mi temperatura corporal era anormalmente alta o acaso los británicos tenían horchata granizada corriendo por las venas en lugar de sangre.

Durante unos segundos me sentí rigurosamente analizada por aquellos inmensos ojos. Era un hombre sin duda atractivo, de una belleza nórdica; sus labios eran finos, su nariz recta y sus rasgos delicados. Vestía un pantalón gris espigado y una camisa celeste muy claro, con el primer botón desabrochado. El fuego de la chimenea se reflejaba en su piel marfileña. Tenía una expresión seria en el rostro, incómodo quizá por mi interrupción.

–Encantada –dije. Él respondió desplegando una sonrisa y sencillamente me olvidé de respirar en aquel instante.

–Igualmente.

Salí de la sala con el corazón acelerado. Me había puesto nerviosa. ¿Acaso estaba tonta? Era un tipo guapo –guapísimo–, pero ¿y qué?, ¿qué más daba? Llevaba demasiado tiempo con el radar amoroso apagado y, por primera vez desde hacía mucho, me había fijado en un hombre que no fuese mi ex; eso debió de hacer saltar unas alarmas que creía fundidas por la falta de uso. Algo dentro de mí se había removido, y esto me asustaba.

Una vez en la cocina, recuperado el aliento, puse a calentar en el microondas la cena que Charlotte había dejado preparada para la señora Merlon y para mí. Tendría que comenzar a acostumbrarme a la comida inglesa –cosa difícil–. El ama de llaves ya había cenado, sus cacharros estaban en el fregadero como prueba de ello, así que conecté la pequeña radio que la cocinera guardaba sobre la campana extractora, para sentirme menos sola, y la música comenzó a sonar con el volumen casi al mínimo. Terminé de cenar y puse la cafetera al fuego. Entonces oí un ruido fuera; miré a través de la cristalera de la puerta de la cocina hacia el exterior y vi a un hombre en el jardín, de espaldas, observando los alrededores. Supuse que se trataría de Isaac, el segurata.

La luna en cuarto creciente reflejaba su semicircular silueta en la distante laguna. Tras unos instantes distraída por su oscilante imagen plateada danzando sobre el agua, reparé en que el supuesto Isaac había desaparecido. Esto me dejó aturdida: un segundo antes estaba y al siguiente no.

El café subía en la cafetera exprés.

–Buenas noches –dijo una voz a mi espalda, dándome un susto de muerte. Sobresaltada me giré y observé al caballero rubio que me habían presentado minutos antes, apoyado en el quicio de la puerta de la cocina que conectaba con las estancias interiores–. Lamento haberla asustado.

–No se preocupe –le pedí, recuperándome y apagando el fuego. El café estaba listo.

–El aroma del café me ha traído hasta aquí –confesó él. Su cabello, incluso bajo el resplandor azulado del neón de la cocina, brillaba como en el mejor anuncio de champú; parecía que en cualquier momento comenzaría a agitar la melena y a sacar el frasco por detrás de su espalda.

–¿Le sirvo una taza, señor Smith? –le ofrecí educada, con el corazón latiendo a mil revoluciones en mitad del pecho, repitiéndome: tonta, tonta, tonta...

–Sólo William; tutéame, por favor.

–Está bien, ¿cómo te gusta el café, William? –requerí tomando dos tazas de la alacena. E inspiré profundamente, tratando de calmarme, y celebrando que él no pudiese oír las aceleradas palpitaciones de mi músculo cardíaco. Resultaría vergonzoso admitir que su sola presencia me producía aquella reacción.

–Solo y sin azúcar –pidió sentándose a la mesa, frente a mi sitio.

–¿En serio?

–¿Tiene ello algo de particular? –preguntó extrañado. Su voz era cálida, sosegada y limpia, la envidia de cualquier tenor de bel canto.

–No sé. Yo también lo tomo así, pero no es habitual; casi todo el mundo prefiere añadirle azúcar o algún tipo de edulcorante. Para mí su amargor es una delicia –le explicaba, mientras vertía el café humeando en su taza y el Sir inglés, que aparentaba entusiasmo en lo que estaba contándole, me miraba fijamente, atravesándome con sus turbadores ojos de mar. Permaneció en silencio unos segundos, concentrado en mí como si pretendiese adivinar mi pensamiento, y luego pareció sorprendido, arrugando el entrecejo. Su actitud me desconcertó–. ¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? ¿Me he manchado de comida o algo así? –sugerí, paseando mi mano por la boca por si acaso.

–No, no –respondió observándome con interés desmedido–. Es sólo que... ¿de dónde eres?

–Soy española, ¿por qué?

–Sólo curiosidad.

–Ah, bueno... –continuaba aturdida por su actitud, pero intenté mostrar naturalidad–. Y tú, ¿de dónde eres?

–Soy de Belfast, pero poseo una vivienda en Londres y suelo venir a menudo a visitar a mi amigo Charles Robinson. Ahora tengo una razón más para venir –añadió cortés.

–¿Sí?, ¿cuál? –pregunté ingenua, soplando el vapor del ardiente café y dando un sorbo. William Smith entornó los ojos a la vez que esbozaba una deslumbrante sonrisa y supe que se refería a mí; me atraganté y tosí disimuladamente, abochornada, incrédula.

–¿Sabes cuál es el mejor café del mundo? –preguntó de improviso.

–Sí –respondí convencida y recuperada del ataque de tos; ¿con quién creía que hablaba? Pero si entre mi padre y yo habíamos hecho rico a Juan Valdés–. El de... los bichos esos... Ay, ¿cómo se llaman los bichos esos que se lo comen y luego hacen caca...? –Fue muy gráfico, prometedor.

–Los luwak –indicó conteniendo una risa entre dientes.

–Eso, el kopi luwak –concluí, orgullosa de mis conocimientos cafeteros–. Me encantaría probarlo, pero a mil euros el kilo creo que moriré con la duda –sonreí, y el caballero rubio respondió a mi sonrisa; era realmente encantador.

En la pequeña radio comenzó a sonar mi canción favorita: “She loves you”, de los chicos de Liverpool. Corrí a subir levemente el volumen. El Sir inglés me observó en silencio; aún sostenía la taza de café entre las manos, intacta.

–No me lo puedo creer, es mi canción –apunté feliz.

–¿Te gustan los Beatles?

–¿Bromeas? Me encantan los Beatles, y con esta canción me dieron mi primer beso –confesé con cierta melancolía, apurando mi bebida de pie, apoyada sobre el borde de la encimera. Él tuvo que girarse en su silla para poder mirarme a los ojos.

–¿Con los Beatles? Yo creía que los jóvenes de tu edad no oíais esa música, que había pasado de moda –sugirió enarcando una de sus delineadas cejas rubias, sorprendido.

–¿Los Beatles pasados de moda? ¿Estás loco? Ellos nunca pasarán de moda –rebatí, observándole directamente, ya vencido el pudor inicial.

–Estoy completamente de acuerdo contigo, creo que Help es el mejor álbum de la historia. –Él continuaba mirándome con ojos curiosos y una expresión de complacencia en el rostro que me confundía.

–Bueno, tengo que marcharme; encantada de conocerte –me despedí curvando los labios en una sonrisa que pretendía ser coqueta desde la puerta; lo pretendía, aunque no podía estar segura de que lo consiguiera, pues el caballero inglés me turbaba demasiado–. Se te va a enfriar el café.

–Lo mismo digo, Anna, un placer –dijo alzando la taza levemente, para mostrarme que acataría mi recomendación–. Hasta mañana.

¿Qué había sido aquello?, me preguntaba de regreso a mi habitación.

Un flirteo en toda regla, no había duda.

Él me había puesto ojitos, me había dicho que yo era un motivo para venir a menudo –momento ataque de tos– y yo... yo había sonreído más en nuestro encuentro que en los últimos seis meses.

Mi radar podía estar defectuoso pero no-muerto.

Aquello había sido un tonteo mutuo. Y me reprendí por ello, ¿acaso mi estancia en Londres no tenía como objetivo descansar el corazón y la mente?, ¿es que quería volver a sobrecargarlos? Pero a la vez, quién se resiste a un mix Pitt-DiCaprio que además es un encanto. La que sea capaz que levante la mano.

Decidí disfrutar de una apacible ducha caliente, al fin y al cabo tan sólo era la una de la madrugada y me había mentalizado a acostarme mucho más tarde. Cuando salía del baño en pijama oí ruidos en el exterior de la casa y subiéndome a la silla del escritorio alcancé la alta ventana rectangular con vistas al jardín trasero de mi habitación.

Observé entonces a mis alumnos fuera, bajo la tenue luz del porche. Louise jugaba con una muñeca, a la que paseaba en su cochecito rosa, y Martin oía música con mi mp3. Me enterneció verlos en su solitario recreo entre penumbras. La pequeña corría de un lado a otro bajo el distraído cuidado de su padre, que conversaba animadamente, en un lateral de la imagen que alcanzaba a ver, con el señor Smith, a quien veía de espaldas. Parecían discutir por algo que ni por asomo alcanzaba a oír. A Isaac lo suponía de pie, al lado del señor Robinson, inmóvil, vigilante y alerta.

Volví a contemplar a los chicos. De pronto, Louise miró en mi dirección; sus ojos destellaron como los de los gatos y un terrible escalofrío recorrió mi cuerpo. Me agaché, entre asustada y avergonzada ante la posibilidad de que pudiese haberme descubierto espiando, pero era imposible, estaban demasiado lejos. Decidí irme rápidamente a la cama, y pasado un buen rato, cuando mi corazón retomó su frecuencia habitual, me quedé dormida al fin. Había sido un día demasiado largo.













Parentalidad Quemada

Me apetece compartir esto con vosotr@s, porque creo que much@s podéis sentiros identificad@s.  Paternalidad quemada. Hace unos días estaba s...