Me apetece compartir esto con vosotr@s, porque creo que much@s podéis sentiros identificad@s.
Paternalidad quemada.
Hace unos días estaba sentada en una parada de autobús en Gyeryong, Chungcheong del Sur, donde está instalado mi segundo hogar durante este año 2026. Iba a comprar a una tienda de mi cadena favorita, llamada Daiso. A mi lado había sentado un señor mayor con la piel tostada por el sol y curtida de arrugas. Hay quien piensa que en Corea todo el mundo parece salido de un anuncio de KBeauty y son todos como los idols. Aquí la gente es muy normal; gruesos, flacos, guapos y feos, con acné y sin acné, hombres y mujeres. Gyeryong además es una zona mucho menos masificada que las zonas turísticas como Seúl o Busán y eso hace también que pase semanas sin cruzarme con ningún occidental (como yo), así que cuando una chica de piel tostada y largo cabello negro se sentó al otro lado del señor mayor, no pude evitar mirarla de reojo y ella también me miró a mí.
En ese momento mi pareja me llamó por teléfono y estuvimos hablando, nosotros hablamos con una mezcla de inglés y coreañol, y la conversación acabó con un: hasta luego, cariño. El señor mayor se había marchado en un autobús y cuando colgué el teléfono la chica me miraba con una sonrisa.
—¿Hablas español? —me preguntó con un claro acento hispanoamericano.
—Sí —afirmé devolviéndole la sonrisa—. Soy española.
—Qué alegría, hace muchísimo que no hablo español. Soy colombiana. Me llamo Lyset (no es su nombre real porque quiero proteger su identidad)—dijo ofreciéndome la mano que estreché.
—Encantada de conocerte —respondí.
Y así fue como comenzamos a hablar mientras esperábamos el autobús. Cuando le conté que el año pasado estuve viajando a Colombia en varias ocasiones y le hablé de los lugares que había visitado, en sus ojos se despertó una alegría muy visceral, como la de quien se ha encontrado con alguien de su familia, o de su cultura, o algo así. Me preguntó el tiempo que llevo en Corea, porqué estoy aquí, etc… Y cuando vimos el autobús acercarse me preguntó:
—¿Tienes prisa? Porque si no tienes prisa te invitó a un café.
Así acabamos en una cafetería cercana de Ediya Coffee, yo con un americano helado y ella con un café solo, o un tinto, como dirían en Colombia. Desde que nos habíamos saludado en la parada ambas sentimos muy buenas sensaciones e intuí que Lyset necesitaba hablar, y yo no tenía ninguna prisa en ese momento.
Lyset comenzó a contarme su historia que en realidad no es muy distinta a la de muchas madres y padres en España, pero el hecho de estar lejos de su hogar, de su familia, la hace aún más dura.
Lyset es una madre quemada. Achicharrada. Pero también es una superviviente y una mujer muy valiente, aunque eso a veces se le olvida.
Lyset llegó a Corea cegada por las luces brillantes y un contrato de dos años en una multinacional coreana. Aquí, durante un viaje de empresa a otra parte de Corea conoció al que sería su marido y con el que sintió que vivía su propio Kdrama. Él le hizo love-bombing: le mostró afecto desmedido, mensajes cariñosos, regalos, detalles de todo tipo, convirtiéndose en el novio perfecto. Nunca discutía, todo estaba bien, conducía dos horas para verla solo un día en la semana. Lyset se enamoró y al año se casaron, por insistencia de él. Ellos nunca convivieron hasta el matrimonio, porque vivían en lugares distintos. Pero después de casarse ella tuvo la oportunidad de pedir traslado a una oficina en la ciudad en la que él vivía, de la que no quería moverse pues así su familia podría ayudarles.
La cosa no salió bien. El tipo se quedó sin trabajo al poco de casarse. Empezó a beber y beber muchísimo (quizás ya lo hacía pero ella no le veía). Cuando bebía tenía mal carácter, cuando no era encantador para compensarla de algún modo por aguantarle en ese estado. Pero Lyset aprendió a sobrellevarlo. Intentaba no enfadarlo, se marchaba de casa cuando él gritaba, al principio de vez en cuando, incluso alguna vez durmió en el coche. Ella me decía que si lo pensaba fríamente, en ningún momento fue completamente feliz en su matrimonio. Tuvo momentos de felicidad, pero siempre con el miedo a que él explotase. Ni siquiera en la luna de miel, porque él estuvo borracho casi todo el tiempo. Mientras estuvieron de novios él se emborrachó un par de veces y dio espectáculos en restaurantes, eso la alertó un poco, pero estaba enamorada y lo justificaba con que solo había sido una vez. Pero después del matrimonio fue como si hubiese dejado de contenerse y actuar ante ella.
Lyset pensó en divorciarse durante el primer año de matrimonio, pero no lo hizo porque sus convicciones religiosas pesaban mucho, había hecho una gran boda en Colombia con toda su familia y amigos en la que había gastado prácticamente todos sus ahorros desde que llegó a Corea y la avergonzaba ahora dar ese paso. Además le amaba y tenía la esperanza de que él iba a cambiar. Y hubo una época, cuando ella se quedó embarazada la primera vez, en la que volvió a ser el tipo que ella conoció. Seguía sin trabajar, porque ningún trabajo era digno de tenerle, pero cuidaba de la casa, la trataba muy bien, cocinaba para ella… Lyset se quedó y no tuvo uno, sino dos hijos con él.
Ella en su trabajo continuaba ascendiendo y era muy valorada. Él perdía cada trabajo que encontraba. Ella trabajaba horas extra para poder pagar las facturas. Él de la casa y los niños, dejándolos a su aire para que no le molestasen, con los que le ayudaba su madre, además de quejarse por todo.
Lyset trató de hablar del tema del alcohol con él, pero él negaba tener problemas con la bebida. Cuando Lyset tuvo el valor de plantearse dejarlo él le pidió una nueva oportunidad, por sus hijos, porque iban a ser señalados por tener padres divorciados y la madre de él la llamó para tratar de convencerla. Cuando ella le dijo que no podía más, que su hijo bebía demasiado y no la trataba bien, su suegra la acusó de que su hijo bebía por su culpa porque ella no era una buena esposa.
Hasta que el tipo tuvo un accidente de tráfico por ir borracho y Lyset pensó que sus hijos podrían haber ido en ese coche. Eso hizo Clic en su cerebro.
Entonces presentó la demanda de divorcio y después de dos años de litigios y mucho sufrimiento lo consiguió. A él le quedaron secuelas del accidente y la excusa perfecta para no volver a trabajar y no pasarle dinero.
A Lyset su empresa le ofreció un aumento de salario si volvía a la oficina principal y ella no lo dudó, se mudó.
Pero ahí la película no mejoró, solo cambiaron las presiones.
Es cierto que se sentía bien porque ya no tenía que estar con alguien a quien ya no amaba y no tenía que escuchar sus gritos ni sus justificacinos, pero ahora estaba completamente sola, con dos niños pequeños.
Su nuevo jefe era muy exigente. No le importaban ni su historia ni sus circunstancias.
Los niños tenían rabietas y mal comportamiento, no aceptaban el cambio de colegio y amigos y las normas de su madre.
El colegio la llamaba continuamente porque colaboraba poco, olvidaba cosas, los niños a veces no llevaban hecha la tarea, o no iban vestidos del color adecuado por el día de nosequé, o el día que tocaba llevar una cartulina ella había salido tarde de trabajar y lo había olvidado. O de que los niños a veces llevaban bollos a las clases extraescolares, cuando el instituto tenía una política de comida sana y solo debían llevar fruta, que ella debía preparar y cortar por la mañana porque cuando llegaba de trabajar ya estaban en las clases.
En el trabajo su jefe se quejaba de que siempre estaba al teléfono. Cuando sus hijos o el colegio la llamaban ella siempre lo cogía, incluso salía de reuniones para atenderlo. O de que faltaba cuando los niños enfermaban y no tenía con quién dejarles, alguna vez se llevó al pequeño al trabajo enfermo para poder cuidarle.
Una vez al mes dejaba a los niños con su padre el fin de semana, era lo acordado en la sentencia, pero tenía que avisarlo por si estaba ocupado. En realidad pasaban el fin de semana con la abuela, que no paraba de hablar mal de ella. Cuando los niños volvían la acusaban de ser una dictadora, porque su padre les permitía comer de todo, mirar el móvil todo lo que querían y estar en casa. No les obligaba a salir al parque y jugar con otros niños o simplemente caminar, ni a comer comida sana.
Y Lyset me contó que una vez, después de que su jefe le hubiese gritado delante de todo el mundo que no debería haber tenido hijos si quería ser una profesional, de que la maestra la hubiese llamado porque su hijo mayor de ocho años había protagonizado una rabieta monumental durante una excursión del colegio y le había lanzado un zapato a otra profesora. Y de que al volver a casa, el encargado de mantenimiento la había llamado por tercera vez desde que se mudaron porque sus hijos hacían demasiado ruido jugando y los vecinos de abajo se habían quejado. Y su hijo pequeño, cuando le pidió que no hiciesen tanto ruido o que bajasen al parque a jugar, le dijese que era mala y que ella solo quería a su hermano mayor, Lyset pensó en saltar por la ventana del octavo piso en el que vivían. Pensó en acabar con toda la angustia de una vez, para siempre.
Porque aunque no dejaba de repetirse que debía aguantar porque todo era culpa suya, por haber elegido al hombre equivocado, al padre equivocado para sus hijos, no podía más.
—¿Y qué hiciste? —le pregunté.
—Mi hijo pequeño me llamó. Se había despertado y me llamó y cuando fui a la cama me dijo: Mamá perdóname, te quiero mucho. Me gusta mucho más aquí que en la otra casa. Y entonces le besé en la frente y me acosté a su lado sin que se diese cuenta de que estaba llorando. Esas palabras de mi hijo me salvaron y me hicieron ser fuerte de nuevo para seguir adelante.
—Y, ahora, ¿cómo estás?
—Mejor. Vamos mejorando. Pedí un cambio de departamento en mi trabajo y mi nuevo jefe es mejor, los niños se han ido adaptando, los he llevado al psicólogo para que me ayuden con el tema de las rabietas y les han diagnosticado TDHA, a los dos. He comprendido que no me atacan a mí, solo expresan algo que no pueden manejar. En el colegio poco a poco han ido mejorando, me apunto todo para no olvidar las cosas importantes, pero si las olvido… pues lo siento, no me martirizo. Y aunque siempre vuelven un poco desestabilizados de casa de la familia del padre, en unos días nos ajustamos y ahora puedo decir que soy feliz.
—Me alegro muchísimo por ti —le dije emocionada—. Debes sentirte muy orgullosa por todo lo que has conseguido.
—No he conseguido más lo que otras muchas madres y padres hacen cada día —me respondió—. Y, aun así, la mayor parte del tiempo siento que lo estoy haciendo mal.
—¿Sabes? La madre y el padre perfecto no existen. Ni en España, ni en Corea y estoy segura de que en Colombia tampoco. La que tiene paciencia, no es buena recordando cosas, o el que cocina super sano, después no lleva los niños hacer ejercicio, o la que tiene todo ordenado no les ayuda con las tareas, etc… No hay que ser perfectos, hay que ser suficientemente buenos, y tú lo eres, estoy segura.
Y así es como ahora tengo una amiga Colombiana en Corea del Sur ;).
Y tú que opinas? A veces sientes que no es suficiente??










