abril 25, 2021

De cuando Mikael no quería vivir

Su padre no podía disimular su enfado cada vez que fallaba una nota como un principiante, y cuanto más tropezaba entre las teclas, más le obligaba a ensayar. Más horas de ensayo, menos descanso, más ansiedad... Los dos últimos días antes del… incidente, fueron catorce horas diarias frente al piano, ya en aquella ciudad.

«¿Sabes cuánto me ha costado conseguir esta oportunidad para ti? Si la desaprovechas no habrá otra igual, nunca. Fallar no es una opción». Le había recriminado una y otra vez durante esas horas. Él agachaba la cabeza y volvía a comenzar. Una y otra vez. Una y otra vez. Y pensaba en el esfuerzo que les había costado a sus padres preparar su debut con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Y maldecía su suerte al ser seleccionado por el comité nacional de música clásica como representante para el Concurso de Jóvenes Músicos Europeos, que se celebraría en Austria, en dos meses.
Su padre había invitado a todos los grandes pianistas del país y sus representantes a su debut previo al concurso. Había invitado a las personalidades y políticos locales. El director de la orquesta, Mateo Torres, era amigo personal de su progenitor y había organizado un recital sin parangón. El prestigio como maestro del gran pianista Joaquín Levi, su padre, estaba en juego, porque él era su mayor creación. No podía fallarles después de todo lo que habían hecho por él. Después de que le hubiesen arrancado de la pobreza de un orfanato en su Rusia natal y le hubiesen proporcionado una familia, una profesión. Después de todo. Nada. Los calambres en los dedos. La opresión en el pecho. Tranquilízate y pasará. Tranquilízate y pasará. Volvió a repetirse. Pero no pasaba. Como no pasó la noche del incidente.

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