abril 23, 2012

Chloé, Parte 1






Ella no era una niña buena, nunca lo había sido, pero llevaba aquella etiqueta colgada del cuello prácticamente desde que tenía uso de razón. Y sabía guardar las apariencias, y sabía comportarse en la mesa, como sabía cinco idiomas y traducir del latín al español con una facilidad pasmosa.

Un puñado de cosas inútiles que le permitían mantener el empleo más envidiado de la facultad, aquel en el que podía pasar horas leyendo, investigando, entre interminables montañas de libros.

Sin embargo, para ella no era sólo un empleo, una manera relativamente cómoda de ganarse la vida, porque en el reparto intelectual había salido bien proporcionada y aquello que a otros costaba meses de aprendizaje, de memorización, a ella sólo le costaba un par de minutos, poseía una auténtica memoria fotográfica. Para ella su trabajo en el archivo de la biblioteca de la universidad era su lugar de escape, su refugio, el único rincón del mundo en el que se sentía completamente a salvo.

Porque cuando abandonaba el viejo edificio del siglo diecinueve en cuyo sótano se hallaba el archivo, la vida real fuera de aquellas paredes se convertía en poco menos que una pesadilla. Allí ninguno de los profesores, de los auxiliares, sus compañeros de trabajo al fin y al cabo, personas que creían conocerla, podían hacerse una idea siquiera de quién, de cómo era ella en realidad...

Y a veces, muchas, discutía consigo misma, en una especie de pelea inútil que no conducía a ninguna parte. Un camino muerto, una pared con la que estrellarse una y otra vez. 

Y se pintaba los labios de rojo ansiosa de salir a la calle, y los limpiaba con la toalla desgastada del aseo tiñendo su bello rostro de surcos escarlata. Y recorría aquella casa vacía sintiendo deseos de darse cabezazos contra las paredes hasta perder el conocimiento. Quizá con ello lograse superar aquella compulsión que estaba consumiéndola, matar a ese otro yo que vivía en su interior, aquel al que solo conseguía mantener bajo control en el trabajo, pero que en cuanto que abandonaba las paredes del archivo de la universidad notaba burbujeando en su interior. Subiéndole por las venas, un calor ácido que encendía sus mejillas, que aumentaba varios grados su temperatura corporal hasta el punto de necesitar desabotonarse los dos primeros engarces de su blusa.

Y, si por casualidad, durante la espera o el trayecto en autobús percibía cómo aquel desasosiego que la llevaba a aflojar su ropa no pasaba desapercibido por algún viandante o pasajero, cerraba los ojos y cantaba en su interior una nana que aprendió de pequeña. Tratando por todos los medios de acallar aquella compulsión, de evitar que cobrase fuerza y entonces no pudiese controlarla. 

Sin embargo en ocasiones no era suficiente, una sola mirada, en el momento oportuno, la habían llevado a bajar en una parada que no era la suya siguiendo los pasos del afortunado que había osado posar los ojos en su voluminoso escote.

Y así, entre las sombras de la recién estrenada noche, había compartido su necesidad con el desconocido de turno. A aliviar su calor contra el cuerpo de aquel tipo que en ocasiones olía a alcohol, a sudor, otras a nicotina o al champú de fresa de sus hijos... Entre dos coches, en un portal, en los aseos de un bar o contra la verja metálica de un porche.

Cansada de repetirse que no lo haría, después del primer susto en el que uno de sus amantes habituales, un joven informático al que había conocido por internet, la llamase diciéndole que tenía que hacerse las pruebas del Sida porque una antigua novia estaba infectada, tras aquello se obligó a llevar siempre un paquete de preservativos en el bolso. Porque Chloé sabía que cuando el mecanismo de su compulsión se activaba no había pensamiento racional que lograse detenerlo. 

Como el alcohólico que ve la botella de whisky abierta, desnuda, ofreciéndose ante sus ojos, o el cocainómano que se enfrenta a la raya lista sobre el cristal... Sólo importaba el placer, el orgasmo, las endorfinas... sentir aquella fricción intima que la hacía subir en la montaña rusa, esos frágiles minutos que  justo cuando comenzaba a saborear se esfumaban. Dejándola de vuelta en la realidad, de un modo abrupto, subiéndose la falda entre los dos coches, apartándose de la carne de aquel desconocido, de aquel extraño que había disfrutado de su cuerpo.

A veces el tipo le pedía el teléfono y ella inventaba uno. Había aprendido a no decir que no. Eso podía ocasionarle conflictos. Una vez un tipo la insultó por no querer darle su número. Otro le ofreció dinero, mucho dinero por volver a verla...

Pero ninguno de esos hombres podía imaginarse lo sucia que se sentía, el asco que le producía verse reflejada en el vidrio del coche, en el espejo de cualquier escaparate en la calle... Cuando el placer se esfumaba llegaba la repulsión. Sentía un profundo asco de sí misma.

En casa se encerraba en el baño y se enjabonaba de pies a cabeza, dejando que su alma se deshiciese en lágrimas por el sumidero, lágrimas de sabor amargo como la más pura hiel.

Había probado de todo; libros, videos educativos, conferencias... e incluso asistió a la consulta de un sexólogo con el que acabó revolcándose sobre el diván de su consulta. Porque su extraordinaria belleza era a la vez su maldición, no había hombre capaz de decirle que no. 

Nada de aquello servía para nada. Nada lo remediaba.

Así que pasó a aliviar sus necesidades a solas en su habitación antes de salir de casa a comprar el pan, a bajar al supermercado, a ir a trabajar... Y eso funcionó, durante un tiempo. Hasta que de nuevo, una tarde, esperando el autobús se le acercó un chico rubio con una bufanda roja, color por el que sentía especial atracción, y eso bastó para desencadenar aquella reacción a la que tanto temía... Para llevarla a hacer un guiño al joven y que la siguiese hasta un aparcamiento subterráneo cercano en el que hicieron el amor en el baño de caballeros.

Chloé sabía exactamente cuando había comenzado aquello, aquella pulsión irrefrenable que la había convertido en una auténtica esclava, en una auténtica adicta al sexo. 

Fue el segundo año de facultad, cuando conoció a Mario, un portugués con el que mantuvo una relación sentimental que duró año y medio. Mario la hizo conocer un nivel de compenetración, de placer, completamente desconocido para ella (después sabría que Mario padecía su mismo problema). Podían pasar días encerrados en el dormitorio, entregándose el uno al otro de un modo enfermizo, el día y la noche se amontonaban en un ir y venir de movimientos, de caricias, de engranajes y jadeos. 

Ambos eran como las dos mitades de una naranja imperfecta. Sólo que Mario no lo sentía como un problema, creía que su relación era perfecta, dos personas con las mismas necesidades que se unían, complementándose el uno al otro. Pero Chloé era consciente de que acabarían destruyéndose si sus vidas giraban única y exclusivamente en torno al sexo. Y trató de huir, de alejarse de aquel modo de amar... pero ya había sido infectada por el deseo desenfrenado, por la búsqueda enfermiza del efímero placer. Era una auténtica yonki de las endorfinas liberadas durante el orgasmo, aquella era su droga y hasta el momento no conocía cura posible.

Miró el gran reloj redondo del archivo. Situado en la cúspide de una alta estantería en la que se almacenaban los ejemplares más utilizados por los profesores de la universidad, así como manuales cuyo uso había sido puesto al alcance de los estudiantes o del público en general recientemente. La tarde había sido tranquila, algo habitual, y faltaban a penas dos horas para las ocho y con ello la hora de vuelta a casa. Apretó un grueso manuscrito contra el pecho y continuó apilando volúmenes del siglo dieciocho sobre cuyo contenido bélico estaba realizando un estudio.

Inspiró profundamente repitiéndose que aquella noche sería distinta, que aquella noche llegaría a casa y se metería en la cama y dormiría plácidamente, que aquella noche no habría desconocidos, ni portales, ni encuentros furtivos al tirar la basura.

Entonces oyó cómo la puerta de acceso al archivo se abría y acudió con el pesado libro entre sus manos a comprobar de quién se trataba. No solía recibir visitas, la mayoría de los profesores trabajaba por la mañana y los estudiantes tenían acceso restringido a éste.

Había un joven alto, de cabello rubio rojizo y grandes ojos verdes caminando hacia el escritorio de la entrada, observando con ojos curiosos todo el derredor. Chloé acudió a su encuentro, probablemente se trataría de un alumno perdido.

  • Hola, buenas tardes, ¿buscas alguna clase? - preguntó educada.
  • En realidad busco un libro... - afirmó el muchacho mirándola con una amplia sonrisa.
  • ¿Tienes permiso? Debes traer una solicitud sellada por tu profesor... - advertía la joven rubia con el ritmo de una cantinela repetida mil veces.
  • No soy un alumno, soy Mauricio Torres, el nuevo profesor de filosofía de la universidad – afirmó aquel joven que no aparentaba más de veinticuatro o veinticinco años, divertido por la confusión, ofreciéndole su mano. Chloé la tomó, asiendo el libro con una mano contra el pecho, estrechándola.
  • Chloé Urbizu, soy licenciada en documentación y encargada de esta locura de archivo – advirtió, devolviéndole la sonrisa -. ¿Qué libro buscas?
  • Una copia traducida de Temor y Temblor, es...
  • Un escrito filosófico publicado en 1843 por Søren Kierkegaard,  bajo el seudónimo de Johannes de Silentio. Está en el pasillo veintitrés, estantería doce, a media altura más o menos... - dijo con total naturalidad, produciendo, sin pretenderlo siquiera, una expresión de terrible estupefacción en el rostro del joven profesor de filosofía.
  • Vaya, eso sí que ha sido impresionante – afirmó estupefacto -. ¿Sabes dónde están todos, cada uno de ellos?
  • Todos no... casi todos – admitió sin poder evitar ruborizarse como una colegiala, sintiéndose absurda, estúpida por hacerlo -. Bueno, si necesitas algo me verás ahí, en las mesas del pasillo central - advirtió, esfumándose con su libro a cuestas, huyendo de la vista del pelirrojo de ojos verdes.
  • Creo que va a gustarme esta universidad – le oyó decir a su espalda mientras desaparecía tras una larga hilera de estanterías con el corazón latiendo acelerado...






    Y bueno, espero que os haya gustado esta primera parte :)

    Aquí está la segunda: Chloé, parte 2


abril 17, 2012

Entrevista en el Diario de Cádiz

Bueno pues aquí os dejo la entrevista con Diario de Cádiz que salió publicada ayer, deciros que me ha gustado mucho, muchas gracias Juan Antonio López :)

 

Mordiscos con denominación viñera

María José Tirado debuta en la literatura con la novela 'Entre vampiros', primera de una trilogía en la que la escritora construye una historia con una heroína gaditana y que se desarrolla en parte en Cádiz

Vampiros con sangre gaditana, vampiros que asustan y se pasean por La Viña al compás de 'Los trasnochadores' de Bienvenido, que se mueven entre tinieblas humorísticas y que encuentran su réplica en una heroína, también gaditana, que abandera el protagonismo de la novela Entre vampiros, primera de una trilogía que ya tiene escrita completamente la gaditana María José Tirado, en quien ha confiado ciegamente, casi como lo haría un murciélago, la editorial valenciana I.

Tirado, nacida en Cádiz en 1978 aunque residente desde siempre en Benalup-Casas Viejas, era hasta hace unos años una fiel lectora, enfermera de profesión, que también escribía versos y relatos pero que nunca se había planteado publicar. Hasta aquí, quizás, la historia de una legión de lectores. Un día decidió dar un giro a su relación con la literatura y se prometió firmemente escribir una novela, pero no cualquier novela: "Me propuse escribir la novela que a mí me gustaría leer", explica. Y así nació Entre vampiros, una novela que, sin embargo, no fue concebida en principio para ser publicada.

Sí decidió María José Tirado, bloguera convencida, publicar el primer capítulo de la novela en internet. Fue la acogida que tuvieron esos primeros párrafos, que aún se pueden leer en su blog, y la insistencia de sus amistades lo que fueron encauzando a la incipiente escritora a enviar la novela, también a través del contacto de una amiga, a la Editorial I, con sede en Valencia. María José Tirado aún se sorprende de la rapidez con la que sucedieron aquellos hechos: "La envié un viernes, y el lunes ya tenía en casa una copia del contrato para publicar no sólo la novela, sino también la trilogía completa".

Dos presentaciones se han realizado de la novela hasta la fecha, en Valencia y Benalup, donde además está prevista una firma de ejemplares para dentro de unas semanas. Quienes se adentren en el libro más allá del primer capítulo disponible en internet encontrarán la historia de Anna, una gaditana que, sin saberlo, es la portadora de la marca de una profecía que la convierte en realidad en Dínorah, la Dama de la Luz. El protagonismo femenino no es casual en la obra de Tirado, que quiere reivindicar con él un papel diferente en la literatura para las mujeres, "que suelen aparecer en muchos textos con un rol y unas atribuciones que no me convencen".

Como tal, como heroína, tendrá que enfrentarse -"física y psíquicamente", matiza- a los inmortales vampiros en una historia cuya primera parte va saltando entre Londres, Irlanda o el Caribe para centrar posteriormente su desarrollo en Cádiz, con el barrio de La Viña y la comparsa 'Los trasnochadores' en un fondo que quiere ser también un guiño humorístico.

Porque María José Tirado avanza que sus vampiros están rodeados de humor, de situaciones que tratan de arrancar la risa más allá de producir pánico o pavor. Hay escenas violentas, sí, e incluso sexuales, pero no pretende ser una historia de vampiros al uso clásico ni tampoco al adolescente y crepuscular gusto actual. La novel escritora gaditana reconoce que se planteó enfocar su narración con la intención de hacer reír a los lectores, con el deseo de que su historia no fuera una sucesión de crónicas vampíricas exclusivamente para jóvenes.

Antes de que termine 2012 está previsto que vea la luz la segunda parte de esta trilogía de colmillos, mientras que ya tiene encauzada, e incluso publicados los primeros capítulos en su blog ( cuyo nombre es 'De cuando Caperucita se comió al lobo'), la novela que debe suceder en las librerías a sus tres primeros libros. María José Tirado le ha dado ya su primer mordisco a la literatura y, por el momento, no tiene intención de soltar su bien agarrado cuello.


Feliz Semana a tod@s :)

abril 14, 2012

RSM Titánic







Hoy se han cumplido cien años del hundimiento del Titanic, o lo que es lo mismo, tal día como hoy hace cien años se precipitaba a las profundidades el que iba a ser el barco más poderoso de cuantos se habían construído. Una de las tres estrellas de la nueva clase Olimpyc que situaría a la White Star Line por encima de sus competidores transatlánticos. Un barco al por sus novedades técnicas como la triple hélice o los diecisiete mamparos estancos habían llevado a la prensa a calificarlo como insumergible.

Aunque en realidad se hundió la noche entre el 14 y 15 de abril, en torno a las 2:20 h de la madrugada, tan sólo aproximadamente dos horas después de colisionar con el consabido iceberg al sur de las costas de Terranova.

Fueron muchas las leyendas que envolvieron al hundimiento del RMS Titánic, cuyos restos fueron hallados el 1 de septiembre de 1985 por el investigador Robert Ballard y su equipo, a 4.000 metros de profundidad.



Las imágenes obtenidas por Ballard otorgaron la razón, setenta y tres años después, a relato del joven John Borland Thayer (Jack Thayler), el único superviviente que había relatado cómo el barco se partió en dos antes de hundirse por completo. Algo impensable en la época, en cuyas crónicas la tragedia hablaban del hundimiento del barco en una sola pieza.

Jack Thayer, tenía diecisiete años y viajaba con sus padres en primera clase rumbo a Nueva York. Era la noche del 14 de abril y estaba preparándose para meterse en la cama cuando percibió un leve ruido y un zarandeo que ni siquiera le hizo perder el equilibrio. Un soplo de aire helado se adentró por el ojo de buey a medio abrir de su camarote, el C-70.

Entonces, colocándose una chaqueta sobre su pijama visitó el camarote de sus padres, advirtiéndoles que pretendía subir a la cubierta A a comprobar cuál era la diversión, pensando que se trataba de algún tipo de celebración la que había producido aquel ruido, descubriendo, cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, que había varios pedazos de hielo sobre la cubierta de proa.

Regresó al camarote de tus padres John y Marian, el C-68, y les comunicó lo que había descubierto, consiguiendo que su padre John Borland Thayer I subiese a cubierta, desde donde observó pequeñas piezas de hielo flotando en el agua alrededor del barco, aunque Jack no vio nada.

Al cruzar por babor percibieron que algo no iba bien y regresaron a sus habitaciones donde se vistieron, colocándose los chalecos salvavidas con los abrigos encima para regresar a cubierta donde comenzaba a organizarse la operación de desalojo del buque. Esperaron para ser embarcados en los botes salvavidas cuando la orden de evacuación de “mujeres y niños primero” les obligó a separarse. Por un lado su madre Marian y su doncella la señorita Flemming permanecieron en la zona de babor de la cubierta A, mientras él y su padre eran apartados a estribor.

Cuando creían a Marian a salvo en uno de los botes ambos hombres se sorprendieron tremendamente al conocer de mano del segundo jefe Dodd Steward George que aún permanecía a bordo.

Ambos la buscaron hasta encontrarla y permanecieron reunidos a la espera de un bote salvavidas, pero Jack acabó perdido entre la multitud que desesperada trataba de acceder a éstos.

El muchacho buscó a sus padres un buen rato, en compañía de Milton Clyde Long un joven al que había conocido aquella misma tarde tomando un café, pero al no encontrarlos pensó que habrían subido a uno de los ansiados botes salvavidas, al fin.

Jack y Milton se dirigieron a estribor, donde los botes salían deprisa, sin ni siquiera completar el número de pasajeros que podían ocuparlos. Los dos jóvenes trataron de subir a uno de ellos pero había toda una multitud intentándolo y muy poco espacio.

Desde los pescantes, en los huecos dejados por los botes salvavidas que ya habían partido, ambos tomaron como referencia una lejana estrella en el horizonte, cuya distancia entre los pescantes de hierro les ayudaba a medir a qué velocidad estaba hundiéndose el barco.

Cada vez el buque se sumergía a mayor velocidad y Jack decidió saltar al agua, como muchas otras personas hacían, al fin y al cabo él era un gran nadador. Su amigo Milton no lo era y le persuadió de hacerlo.

Sin embargo Jack sabía que no podía esperar más, el agua ascendía por el interior del barco produciendo ruidos sordos al hacer estallar el aire a presión de las mamparas estancas. Se despidió de todos y se subió a la barandilla, Long imitó su gesto, mirándole fijamente le dijo: 'Tú vienes, muchacho, ¿no? " Jack contestó: "Ve por delante, voy a estar contigo en un minuto." Y Long se deslizó hacia abajo por el costado del buque. Jack nunca volvería a verlo.

Justo después saltó Jack, con los pies por delante, cayendo en las gélidas aguas lo suficientemente lejos del barco, sintiéndose empujado lejos de la nave por algún tipo de fuerza.

Después relataría cómo el barco parecía estar rodeado por un gran resplandor, como si estuviese envuelto en llamas, en mitad de la oscura noche estrellada mientras la proa se hundía rápidamente. La gente que aún permanecía a bordo, más de mil quinientas personas, corría en dirección a popa cuando esta se elevó hasta alcanzar un ángulo de entre sesenta y cinco y setenta grados.

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Sonó un gran estruendo cuando la estructura comenzó a partirse en dos entre la tercera y cuarta chimenea, y las luces del coloso se apagaron para jamás volver a encenderse mientras este se desquebrajaba. Jack podía ver cómo la gente se arremolinaba como abejas en un panal, cayendo al mar, para ser tragados por éste.

Apenas siete u ocho metros libraron al joven Jack de ser aplastado por la gigantesca estructura de popa que después recuperó la vertical para permanecer flotando como un corcho durante un rato, hasta sumergirse, lentamente.

Cuando al fin la popa fue tragada por las gélidas aguas del atlántico Jack sintió cómo el barco tiraba de él con una succión poderosísima y se afanó nadando con energía. A dicha succión siguió una pulsión contraria y una gran ola producida por el efecto de repulsión del definitivo hundimiento que hizo emerger gran cantidad de fuselaje y pequeños restos del barco a la superficie.

La mano del muchacho que nadaba en la oscuridad tocó el borde de corcho de un bote salvavidas volcado, había varias personas sobre éste que habían contemplado atónitos el descenso agónico hacia las profundidades marinas del pecio. Uno de ellos, fogonero, le ayudó a subir.

En poco tiempo eran más de veinticinco hombres subidos al bote volcado.

El espacio era reducido y los hombres caían al agua, teniendo que nadar esforzándose en volver a subir. Hasta que precariamente se equilibraron en el bote volcado, desde donde podían oír los gritos agónicos de aquellos que nadaban en el agua, en mitad de aquella profunda oscuridad. Estos resonaban en los oídos del muchacho como el sórdido zumbido de las langostas de su hogar en Pensilvania.

Después de la larga noche fueron rescatados por los botes salvavidas 4 y 12, que finalmente aceptaron subirles pues albergaban el temor de que aquel exceso de peso terminase por hundirlos a todos.

El joven Jack estaba tan preocupado por alcanzar la seguridad del bote 4 que ni siquiera se percató de que su madre viajaba en el 12, a escasos metros de él.

A las 8:30h de la mañana fueron rescatados por el barco Carpathia, el primero en acudir al rescate del malogrado RSM Titanic, a pesar de que había otro transanlántico mucho más cerca; el SS Californian, que al parecer malinterpretó las señales de socorro del Titanic (de hecho, hay quien asegura que si el SS Californian hubiese acudido a la llamada de auxilio la gran mayoría de náufragos del RMS Titanic habrían podido ser rescatados con vida, algo que atormentó a su capitán; Stanley Lord, durante el resto de sus días)

Fue allí, sobre la cubierta del Carpathian donde el joven Jack pudo al fin reencontrarse con su madre, quien le preguntó nada más verle; ¿Dónde está papá? A lo que él contestó; No lo sé.

En el Carpathia le prestaron pijamas y una litera. Y cuando Jack pudo acostarse a descansar al fin pensó que la copa de coñac que acababa de tomar para calentar el cuerpo helado tras la eterna noche del hundimiento era la primera copa de licor que tomaba en su vida, y después se durmió.

Durante la travesía en el Carpathia Jack relataría lo sucedido a uno de los pasajeros, LD Skidmore, quien dibujó una secuencia de imágenes basadas en los recuerdos del muchacho.

Sin embargo no fue hasta el uno de septiembre de 1985 cuando tras el descubrimiento por parte de Robert Ballard del pecio sumergido descansando en el lecho marino, cuando sería confirmado el relato del joven Jack. Gracias al equipo sumergible Argo provisto de cámaras sensibles a la oscuridad que demostró que el gran Titán se había quebrado en dos antes de descender hasta las oscuras profundidades de suelo oceánico, donde hallaría su reposo eterno.

No sé si a vosotros os cautiva tanto la historia del Titanic como a mí, pero si os apetece conocer un poco más de la historia de Jack Thayer os dejo un enlace aquí, aunque os advierto que está en inglés. Fueron miles las historias quebradas aquella fatídica noche, como miles los fallecidos en una conjunción de factores que propició el terrible desastre.

Saludos ;).

PD: Las imágenes son de la web

abril 10, 2012

Susurros al viento



Susurra al oído del viento
el verso maldito
aquel capaz de parar el tiempo
entre tu cuerpo y el mío.



Dejamos atrás una Semana Santa lluviosa, así que os deseo una buena semana, al menos será soleada (o eso parece) ;) Mordiscos afectuosos para tod@s