mayo 09, 2012

Chloé, parte 2


Os dejo con la segunda parte de este micro-relato, espero que os guste. Si aún no has leído la primera parte puedes hacerlo clicando aquí ;). Feliz sprint final para el fin de semana :).




Había pasado una semana después de aquel primer encuentro con el joven profesor de filosofía, una semana en la que cada tarde volvía a toparse con los inmensos ojos verdes de Mauricio Torres, a solas, en aquella inmensa sala del archivo de la universidad.

Chloé había intentado todo lo que consideraba oportuno para tratar de hacerle pasar inadvertido ante sus ojos, pero parecía una misión imposible. Mauricio era un tipo atractivo, tremendamente atractivo, con aquel cabello rubio rojizo que resplandecía bajo el sol del atardecer que se colaba a través de las cristaleras. Y esa mirada limpia y casi transparente que muy pocas personas poseen. 


El joven profesor de filosofía le sonreía, la observaba de reojo caminar arriba y abajo por el largo pasillo entre estanterías, y cada vez que lo hacía, cada vez que la alcanzaba con aquellas esmeraldas enormes de su rostro Chloé sentía cómo le temblaban las piernas. Se clavaba las uñas en las palmas de las manos mientras apretaba los puños con energía. Podía sentir cómo un poderoso calor ascendía por su garganta, estallando en sus mejillas aterciopeladas, y un finísimo hilo de sudor corría apremiado entre sus senos…


Era el aura que precedente a la debilidad, esa que lentamente minaba su voluntad hasta lograr apoderarse de ella por completo.

Pero Chloé era consciente de que no podía permitirlo, que aquella era la única norma inquebrantable, la que le concedía poder continuar funcionando dentro de aquella apacible pecera, aquella burbuja que la mantenía a salvo del escarnio público que supondría el descubrimiento de su… tara.

Allí dentro era sólo una académica encargada del archivo, una mujer respetable, una mujer respetada. No una enferma e incluso una viciosa, como ella misma se había calificado en incontables ocasiones hiriendo su amor propio, aún más, por ser incapaz de controlar su debilidad.

Pero lo cierto era que aún desde la bruma en la que flotaba el impulso de descontrol al que tanto temía, podía distinguir que los sentimientos que Mauricio le producía eran completamente distintos a los que la llevaban a descontrolar sus impulsos. Porque cuando le miraba, cuando era incapaz de evitar contemplarle con los codos apoyados sobre la mesa, jugando con el bolígrafo entre los finos labios entre abiertos, sentía que le deseaba cómo hombre, no como respuesta a su ansiedad, a su adicción.

Mauricio le gustaba, le atraía, muchísimo. Si le hubiese conocido en cualquier otro lugar probablemente habría respondido a sus señales, a sus sonrisas, a sus miradas furtivas…  Estaba absolutamente segura, cada vez que inclinaba su cabeza, que se giraba disimuladamente sobre la silla para contemplarla caminar arriba y abajo por el largo corredor, de que también él se sentía terriblemente atraído por ella. 

Precisamente por ese motivo evitaba mirarle, respondía hosca a sus preguntas, y le trataba con la mayor de las indiferencias. Pues su mayor temor residía la posibilidad de que Mauricio tratase de invitarla a salir, a cenar, o algún otro modo de entablar una relación personal con ella.

Esto le producía una angustia terrible, se temía incapaz de decirle que no. Y si accedía, si salían juntos de allí, acabaría dando rienda suelta a sus impulsos, terminaría en la cama con él, o en el coche, o en el aparcamiento… Y su pulsión se vería descontrolada, su secreto dejaría de ser un secreto… Y el castillo de naipes sobre el que descansaba toda su vida se derrumbaría, para siempre.

La carga de estrés que le producía tener una tentación como lo era el joven profesor de filosofía sentado a dos pasos de ella cada tarde, tenía su organismo absolutamente disparado. Su deseo se hallaba desbocado… sólo podía pensar en él, en los dos primeros engarces abiertos de su camisa, en cómo podía contemplar una porción de su torso cubierto por un leve vello rojizo… En algunos momentos debía salir al baño donde a duras penas contenía el fuerte impulso sexual que le producía observarle.



Aquella tarde llevaba casi una hora intentando descifrar un pasaje de un libro antiquísimo prácticamente destruido por la carcoma cuando Mauricio cruzó la puerta de cristal que daba acceso al archivo.

- Buenas tardes – la saludó el joven profesor cuando hubo alcanzado su mesa, próxima a la entrada, contemplándola desde la cima de su inmensa sonrisa, como cada día.
- Buenas – respondió ella, alzando levemente los ojos para mirarle, regresando al texto en el que andaba ocupada. Pero Mauricio no continuó su camino, permaneció a su lado, inmóvil, en silencio, durante unos segundos.
- ¿Puedo hacerte una pregunta? – dudó. Ella sintió una punzada en su interior. La pregunta: te apetecería…? Su deseo descontrolado, el archivo desierto a aquellas horas de la tarde, aquella camisa blanca, aquellos ojos verdes… Le miró un instante, en silencio.
- No – respondió arisca, como una gata salvaje, alerta, sorprendiéndole -. A menos que se refiera a un libro.
- ¿He hecho algo que te ha molestado, Chloé? – dudó el joven académico. Ella inspiró profundamente, así que aquella era la pregunta -. Porque no lo entiendo, el primer día me pareciste encantadora, amable, cordial, y estos días… no sé, me da la impresión que te he ofendido de algún modo.
- No me has ofendido, en absoluto – le interrumpió, alzando el rostro para volver a encontrarse con sus ojos claros.
-¿Entonces? Esta es la última tarde que vengo al archivo, hoy acabaré el trabajo que estoy realizando sobre el libro, y no volveré… al menos en un tiempo – decía con su voz pausada, calma. Chloé no pudo evitar suspirar aliviada al oír aquello, no más tentación, no más peligro a la vuelta de la esquina -. Y sinceramente me gustaría saber qué te he hecho.
- No me has hecho nada, Mauricio. En serio…
- Algo he debido hacer; me rehuyes como si tuviese la peste, a pesar de que estamos solos en este lugar, y no lo entiendo, me ducho todos los días, e incluso uso desodorante… - dijo muy serio. Y luego desplegó una sonrisa inmensa. Chloé no pudo evitar echar a reír, era realmente encantador -. En serio, suena muy egocéntrico de mi parte pero soy un buen tío, y quisiese saber porqué.
- No es por ti, quiero decir… no es nada que tú…
¿Entonces saldrías conmigo, algún día? – ofreció -. Te prometo que no soy de esos que meten mano en la primera cita – bromeó, haciéndola sonreír de nuevo. Ahí estaba la pregunta, esa que tanto temía, la oportunidad. Cruzaron por su mente fugaces cual halos estelares multitud de imágenes de ambos, besándose, apretándose uno contra el otro, entregándose a aquel deseo que burbujeaba en sus entrañas. Al fin y al cabo ella era débil, ella era una enferma...



- No puedo – respondió hundiendo la barbilla contra el pecho, clavándose las uñas en las palmas de las manos bajo la mesa del escritorio.
¿Estás casada? ¿Tienes novio? – dudó, ella negó con la cabeza a ambas preguntas, tragando saliva y con ella todas las respuestas afirmativas que acudían a su cabeza.
Soy lesbiana – respondió de improviso, sin pensarlo siquiera. Mauricio no pudo contener la expresión de sorpresa.
- Vaya, que injusto – contestó el joven profesor, dibujando con los labios una línea recta, arrugando el entrecejo confundido -. Juraría que eras tú.
¿Qué yo era quien? 
La mujer de mis sueños – afirmó con una tierna mueca de resignación, antes de alejarse, de caminar decidido hacia la que se había convertido en su mesa durante aquellas largas tardes de trabajo en el archivo.

Y Chloé se sintió embargada por una extraña mezcla de sentimientos encontrados. Por un lado se sentía orgullosa de sí misma por haber sido capaz de decirle que no, aún a pesar de lo mucho que le deseaba. Y por el otro no podía evitar sentir que estaba perdiendo la oportunidad de conocer al hombre de sus sueños, tal y como él la había denominado a ella. Al hombre perfecto con el que compartir su vida, quién sabe si para siempre.

Pero Chloé aún no estaba preparada para encontrar a ese hombre. Primero debía curarse.

Aquella negativa fue el primer paso en el camino de su recuperación. A la negativa de Mauricio siguieron muchas más, las de todos y cada uno de los hombres que se le arcaron, la de todos y cada uno de los impulsos sexuales que trataron de apoderarse de ella durante meses. Si había sido capaz de decir que no a Mauricio Torres, el primer hombre que la atraía realmente después de Mario, su ex novio, también sería capaz de decírselo a cualquiera, incluida a sí misma. Y así fue. Durante el siguiente año no hubo más encuentros furtivos, no volvió a entregarse al impulso arrebatador que dominaba sus emociones. Buscó ayuda profesional y siguió paso a paso el programa de recuperación, hasta que sintió que al fin estaba curada. Entonces decidió buscarle y acudió al departamento de filosofía de la universidad, pero allí la informaron que hacía varios meses que Mauricio había terminado de cubrir la baja del profesor titular y éste había regresado a su puesto.  

Pensó que quizá nunca más volvería a verle, probablemente Mauricio con el tiempo que había transcurrido ni la recordase. Pero una tarde, en una cafetería, mientras tomaba café con varios compañeros de trabajo con los que su curación le había permitido relacionarse con normalidad, le vio acceder al interior. El corazón le dio un vuelco en mitad del pecho, no había cambiado en absoluto, su cabello rubio rojizo ligeramente más largo resplandecía con las luces anaranjadas del establecimiento.


El joven profesor cargaba un pesado libro entre sus manos, tomó asiento en la barra y pidió un café. Parecía cansado, probablemente había sido un día largo.

Chloé se disculpó con sus amigos y sin pensarlo dos veces acudió a su encuentro. Valiente, probablemente mucho más de lo que había sido en toda su vida.

- Uhm, la República, de Platón, una edición muy antigua, veo que no han cambiado tus gustos – afirmó, observando el ejemplar por encima de su hombro. El joven profesor se volteó buscando los ojos de la persona que le hablaba. Mauricio sonrió ampliamente al descubrirla y con aquella sonrisa, sin palabras, le dijo que no se había olvidado de ella, en absoluto.
-       La bella bibliotecaria Chloé, que gusto encontrarte – afirmó y la saludó con un par de cálidos besos en las mejillas -. No sabes lo mucho que me he acordado de ti – aseguró con una nueva sonrisa que hizo resplandecer sus ojos de esmeraldas, terriblemente atractivo -. Me habría gustado poder despedirme de ti, pero me avisaron con tan poca antelación… ¿Y qué tal estás?
-      Muy bien, aunque… Ando buscando al hombre de mis sueños – afirmó decidida. Mauricio enarcó una de sus rubias cejas desconcertado.
-        ¿Al hombre? – dudó, y ella asintió con una amplia sonrisa que curvó sus labios sonrosados.
-         Al hombre.
-       Pues deja de buscar, por favor – afirmó, tomando su mano con ternura. Ella se dejó hacer, disfrutando del contacto de aquella mano cálida y suave, sin pensar en nada más -. No podía equivocarme, en cuanto de vi supe que eras tú – aseguró, y la joven bibliotecaria cerró los ojos, disfrutando de un beso que había anhelado demasiado tiempo.




 

5 comentarios:

  1. hoooooooo, me encanta.
    Ahora espero mas historias tuyas, chiao

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  2. Que ganas de seguir leyendo!!! Besitos...

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  3. ¿Ya se ha acabado?
    Me ha encantado,,,, una historia sublime.

    Chloé ha resultado ser mucho más fuerte de lo que parecía, ella encontró al hombre de sus sueños y Mauricio a la mujer de sus sueños.

    muchos besos.

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  4. Me hubiese gustado encontrarme con Chloé antes de su cura.

    Qué buen relato, muy fresco.

    Besos.

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  5. romance y filmica narración
    muy bien tratamiento para este relato

    y es que hay que darse tiempo de sanación siempre
    una especie de duelo autero y solitario
    para retomar nuevos horizontes

    besitos y luz

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