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Prefacio de Almas de Acero

Llegó el día, o mejor dicho la noche, antes de la publicación de Almas de Acero. Yo estoy de los nervios, cosa habitual, y deseando saber qué os parece. Si no puedes esperar a que llegue mañana para saber cómo comienza Almas de Acero, si tienes dudas de si te gustará o no, esta es tu entrada. Espero que la disfrutes ;)





Prefacio

Sayuri había vuelto a repetirle que era una mujer afortunada. Y lo había dicho mirándola a los ojos, inmóvil como una estatua de cera, con su kimono gris tan apretado como si el férreo control que ejercía sobre su mundo pudiese escaparse por entre sus pliegues.

Y era afortunada porque él la amaba tanto que estaría dispuesto a perdonarle cualquier cosa, incluso que le hubiese traicionado. Así de poderoso era su amor. Insistía en que cada cosa que su benefactor había hecho era para protegerla, para concederle la vida que merecía, incluso cuando lo había hecho en contra de su voluntad. ¿Qué sabía ella de lo que más le convenía?, solo era una mujer.

Y no podía evitar pensar si en realidad esa era la vida que quería… ¿Qué había hecho para merecer algo así?

Se limpió las lágrimas y se enjuagó las manos en el agua del arroyo. Estaba helada, su contacto fue como si miles de agujas diminutas le atravesasen la piel. Aun así las llevó a los ojos con la intención de que su frialdad borrase de su rostro cualquier señal de que había estado llorando. A él no le gustaba que llorase, sin embargo, era el responsable de la mayoría de sus lágrimas.

Oyó el canto de un pájaro en la lejanía, debía despertar al abrigo del día que nacía. Adoraba el amanecer, no por lo que significaba la llegada de un nuevo día, sino porque era su único momento de libertad. El único en el que se permitía recordar sus orígenes, en el que una y otra vez se repetía a sí misma su nombre, ese que le habían designado sus

padres, como un mantra, para no olvidarlo.

Porque se negaba a aceptar que su vida había comenzado el día en el que él la encontró, como no se cansaba de repetirle Sayuri, e incluso él mismo. En realidad, con el paso de los años fue consciente de que ese día había comenzado a aceptar su muerte despacio, poco a poco.

Los escasos momentos de felicidad que había vivido en todo ese tiempo nada tenían que ver con él, de hecho se había encargado de extinguirla, de arrasarla casi por completo con cada uno de sus actos.

Miró a su alrededor. El sol comenzaba a teñir de su pátina rojiza las copas de los árboles, así que apresuró el rezo de su oración, arrodillada sobre las rocas, sintiendo la superficie fría clavársele en las rodillas por encima del kimono. Sabía que apenas disponía de una docena de minutos de libertad y un día más estaban a punto de acabar.

Ese era el tiempo que le concedía Sayuri, a escondidas de su benefactor, como premio por su buen comportamiento. En el que abría la llave de su dormitorio y lo custodiaba mientras ella salía a escondidas al jardín privado, caminaba entre los arbustos y se arrodillaba junto al arroyo para realizar su plegaria.

Y debía estarle agradecida por ello. Por poco más. Hasta hacía apenas unos pocos años la mujer jamás había sido amable con ella, la vigilaba como lo haría el perro guardián de su amo. Pero los últimos acontecimientos parecían haber ablandado su corazón y le permitía aquel breve desahogo a solas, porque le había suplicado que su alma lo necesitaba.

Con los ojos cerrados pudo sentir los rayos del sol sobre la piel. El canto de los pájaros se hacía más intenso, estos revoloteaban entre los árboles. Amanecía sobre la lejana colina, devolviendo la propiedad a la vida, arrancándola de las sombras de la noche. La noche oscura en la que él la visitaba, en la que la poseía y ella fingía que le amaba porque, por encima de todo, necesitaba seguir con vida.

Hubo un tiempo en el que deseó la muerte con todo su corazón, con su alma y cada célula de su cuerpo.

Pero entonces llegó ella y pintó su vida de color.

¿Si moría, qué sería de ella?

No.

No debía pensar en aquello.

Debía ser fuerte.

«Ave, o Maria, piena di grazia, il Signore è con te…».

Besó la pequeña cruz plateada que colgaba de su cuello. Único vestigio

de que hubo un día en el que su nombre no fue Kaguya. En el que no interpretó ese papel sino el de una joven distinta, una persona real.

«Madre santa, por favor ayúdame a marchar de este lugar, te lo ruego», pidió en su idioma materno, y entonces oyó un ruido a su espalda.

Alguien la espiaba en silencio.



Espero que te haya gustado, recuerda que mañana podrás leerla enterita, o esta noche a partir de las doce imagino... Hay ansias? ;)

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